9 ago. 2016

10 razones para no aceptar la Propuesta Ecuménica del Vaticano


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El Papa Francisco I ha sido el protagonista del movimiento ecuménico en el Vaticano, no hay duda de ello. Desde que  la Iglesia Católica Romana publicó su primer decreto sobre el Ecumenismo, "Unitatis Redintegratio" en el Segundo Concilio Vaticano (1962-65), simbolizó la entrada del Catolicismo en el movimiento ecuménico, permitiendo que el Vaticano se abriera a la Iglesia Ortodoxa y a la Iglesia Protestante.
 
No obstante, el ecumenismo promovido por Roma pese al tono sutilmente amigable y razonable posee varias carencias teológicas en cuanto a lo que realmente es la unidad eclesiástica. Es por ello, que Protestante Digital, a levantado las 10 diferencias doctrinales que explican la razón por la cual no podemos aceptar las propuestas ecuménicas de Roma:
 
1.- Pedro es la cabeza de los obispos El decreto argumenta que Jesucristo destacó a Pedro entre los doce apóstoles “sobre el cual determinó edificar su iglesia”. A Pedro, Cristo “prometió las llaves del reino de los cielos” y “le confió todas las ovejas”. La unidad de la iglesia gira en torno a “los obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro” (2).
 
“Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra” (3).
 
Esto quiere decir que el oficio papal es la presuposición del ecumenismo romano. Si los protestantes no reconocemos el poder del Papa sobre la iglesia universal de Cristo, no podemos disfrutar de la plenitud de la unidad eclesiástica. En vez de profesar fe en la primacía de Pedro sobre la iglesia del Señor, confesamos que es el Espíritu Santo el que preside en la iglesia del Señor a través de la proclamación del Evangelio y la administración de los sacramentos del bautismo y la Santa Cena.
 
 
2.- La iglesia depende de la sucesión apostólica Los sucesores de los doce apóstoles son los obispos actuales (2). La jerarquía de la iglesia romana depende de la sucesión apostólica. ¿Por qué es tan importante esta noción? Contesta el Catecismo de la Iglesia Católica: “Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su cargo en el magisterio” (77).
 
La sucesión apostólica tiene que ver con la conservación del Evangelio. Pero ¿qué pasa cuando los obispos ordenados dejan de enseñar conforme al Evangelio de la sola fe en Cristo? Por esta razón los protestantes no creemos en la sucesión apostólica sino en la sucesión doctrinal o la sucesión evangélica. El verdadero ministro no es aquél que ha sido ordenado por la jerarquía sacerdotal del Vaticano sino el que predica puramente el Evangelio. Para el creyente evangélico, la unidad de la iglesia no puede estar basada en un sistema clerical sino en el Evangelio de la gloria de Dios.
 
 
3.- La unidad plena está en Roma Para mí la afirmación más provocadora del documento es la siguiente: “Solamente por medio de la Iglesia Católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos” (3).
 
¿Cómo puede Roma justificar semejante aseveración teológicamente? Porque, “Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra” (3).
 
La primacía de Pedro y la sucesión apostólica son las dos doctrinas católicas que explican la razón por la que “la plenitud total de los medios salvíficos” está en Roma. Sin el Papa y los obispos, la iglesia está ontológicamente defectuosa e incompleta. Dado que los protestantes no creemos que la unidad de la iglesia tenga que ver con la jerarquización institucionalizada (sea el sistema papal o sacerdotal), sino con la proclamación del Evangelio y la administración de los sacramentos, no aceptamos este juicio erróneo del Vaticano. Tenemos el Evangelio. Celebramos el bautismo y la Santa Cena. Por lo consiguiente, sí tenemos la plenitud total de los medios salvíficos.
 
 
4.- Los ‘hermanos separados’ no gozan de la verdadera unidad A lo largo de "Unitatis Redintegratio" está la presuposición de que los creyentes no católicos no gozan de la verdadera unidad eclesiástica precisamente por la razón de que “la plenitud total de los medios salvíficos” está en Roma. El decreto ni siquiera se refiere a las iglesias protestantes como tales sino más bien como “comunidades eclesiales (separadas)” (3, 4, 19, 22).
 
No obstante, si la unidad de la iglesia depende de la proclamación del Evangelio y la administración de los sacramentos entonces cada congregación puede disfrutar de la verdadera unidad (tanto espiritual como visible) en su contexto local. Además, cuando una iglesia entabla relaciones fraternales con otras iglesias centradas en el mismo Evangelio de la libre gracia de Dios, las congregaciones en cuestión empiezan a experimentar algo de la belleza de la unidad de la iglesia universal también. Gracias al Señor ya vemos cómo muchas familias denominacionales en España están peleando la buena batalla juntas por causa del glorioso Evangelio.
 
 
5.- El cristiano justificado es el que ha sido bautizado A lo largo del documento se manifiesta la postura romana de que la persona justificada es aquél que ha sido bautizada en agua. “Justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados en Cristo” (3).
 
Esta convicción corresponde a la enseñanza del Catecismo donde afirma que, “La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe” (1992). Los protestantes no creemos que el bautismo conceda la justificación sino que es un sencillo símbolo visible de una realidad interior. La justificación es dada exclusivamente a través de la fe. Como dice la Confesión de Augsburgo: “No podemos lograr el perdón y la justicia delante de Dios por nuestro mérito, obra y satisfacción, sino que obtenemos el perdón de los pecados y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe, si creemos que Cristo padeció por nosotros y que por su causa se nos perdonan los pecados y se nos conceden la justicia y la vida eterna” (4).
 
La justificación es por la fe. Uno puede ser bautizado en agua sin ser justificado; otro puede ser justificado sin haber sido bautizado en agua. La justificación no depende del agua del bautismo sino de la fe depositada en Jesucristo.
 
 
6.- La conversión del corazón como base del ecumenismo El decreto dedica su séptimo artículo al tema de la “conversión del corazón” como fuente del ecumenismo. Según el Vaticano, sin “la conversión interior”, “la abnegación propia” y “la caridad” no pueden brotar “los deseos de la unidad”. “Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual” (8).
 
El problema con estas directrices es que están simplemente confundiendo categorías (tal vez a posta). No conozco a ningún protestante que no crea en la importancia de la conversión interior, la abnegación propia y la caridad; pero esto no significa que tengamos que rebajar el estándar del Evangelio. Negar u ocultar el Evangelio por amor a la fraternidad eclesiástica no es un acto de caridad, sino de pecado. Equivale a escupirle en la cara al bendito Hijo de Dios. De todas maneras, si los católicos están realmente tan preocupados por la abnegación y la caridad en la búsqueda del ecumenismo, ¿por qué no eliminan sus doctrinas sobre la primacía de Pedro y la sucesión apostólica de su enseñanza dogmática? ¿No constituiría esto un portentoso acto de amor? Quieren que los protestantes cedamos en lo esencial –en el Evangelio- pero tristemente ellos, por su parte, no quieren ceder en nada.
 
 
7.- El ecumenismo por encima de la teología En dos lugares el documento apela a la formación ecuménica. “El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera […] ya en las investigaciones teológicas e históricas” (5). “Es necesario que las instituciones de la sagrada teología y de las otras disciplinas, sobre todo, históricas, se expliquen también en sentido ecuménico, para que respondan lo más posible a la realidad” (10). Lo que quiere decir es que la formación teológica se tiene que enfocar desde una óptica ecuménica. ¿Cuál es el problema con esto? Que la teología y la historia ahora se convierten en esclavas del proyecto tiránico del ecumenismo: ¡unidad a toda costa! 
 
Las creencias teológicas que justifican las divisiones entre el Vaticano y Wittenberg se tienen que derrumbar por amor al bien común. Para el ecuménico, la unidad es más importante que la verdad. Los protestantes, sin embargo, creemos que la verdad del Evangelio es más importante que la unidad. La verdadera unidad se construye sobre la base de la doctrina del Evangelio. Es decir, una unidad ecuménica fundamentada en otra cosa que no sea el Evangelio es unidad en el error, unidad en la ruina.
 
 
8.- La Trinidad y la cristología como ejes ecuménicos Además del bautismo en agua, la Iglesia Católica reconoce que los protestantes somos ‘hermanos separados’ porque confesamos nuestra fe “en Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro” (12). Es verdad que los creyentes aceptamos la confesión trinitaria registrada en el Credo Apostólico y el Credo niceno además de las declaraciones cristológicas del Credo de Calcedonia, no obstante, necesitamos algo más que los credos universales para estar unidos en lo esencial, a saber, el Evangelio.
 
Más allá de la Trinidad y la cuestión de la doble naturaleza de Cristo, los protestantes tenemos una soteriología que es fiel al relato neotestamentario resumido en los adagios: sola gratia, sola fides y solus christus. Sin estas tres ‘solas’ salvíficas no puede haber unidad en el Evangelio porque aunque sigamos confesando los credos ecuménicos juntamente con los católicos, ellos siguen interpretando la salvación en términos contrarios a las buenas noticias –gracia más el sistema romano con su jerarquía y sacramentalismo; fe más buenas obras y mérito humano; Cristo más la intercesión de los santos y la virgen María- mientras que los protestantes abrazamos los credos universales a través del filtro de las ‘solas’. Sin estas ‘solas’ en medio, no puede existir verdadera unidad eclesiástica para los hijos de la Reforma protestante.
 
 
9.- El papel de María Como en todos los documentos del Concilio Vaticano II, el Catolicismo sigue haciendo hincapié en la virgen María. El Vaticano elogia a la Iglesia Ortodoxa por sus “hermosos himnos a María, siempre Virgen […] Santísima Madre de Dios” (15). Pero los romanos también están conscientes de que existe una clara divergencia entre el catolicismo y el protestantismo por temas mariológicos. “Sabemos que existen graves divergencias entre la doctrina de estos cristianos y la doctrina de la Iglesia Católica aun respecto a Cristo, […] de la obra de redención y, por consiguiente, del misterio y ministerio de la Iglesia y de la función de María en la obra de la salvación” (20).
 
En este sentido el decreto lleva toda la razón. Los protestantes no aceptamos lo que enseña el Vaticano sobre la obra de María en la salvación. En contraste con el Catecismo, los protestantes negamos que María sea la Madre de la Iglesia, que fuese asunta al cielo en cuerpo y alma, que interceda por nosotros, que ejerza un “influjo salvífico” sobre nosotros, que podamos orar a ella, que haya que rendir un culto de veneración a ella y que fuese concebida inmaculadamente (sin pecado original). En todos estos asuntos, los protestantes creemos que la Iglesia Católica se ha desviado del testimonio apostólico. Para el evangélico, el Evangelio es infinitamente más importante que la figura de María. ¿Cómo esperan los católicos que oremos los protestantes juntamente con ellos en reuniones ecuménicas donde el nombre de la Virgen es abiertamente invocado?
 
 
10.- El lugar de la Tradición Los previos nueve puntos se pueden resumir en esta décima observación, esto es, que la Iglesia Católica sigue colocando la autoridad de la Tradición al lado de la autoridad de las Escrituras.
 
El documento anuncia que los hermanos separados no gozan de la unidad “que manifiestan la Sagrada Escritura y la Tradición” (3). Los protestantes aceptamos la tradición, pero no con una ‘T’ mayúscula. Podemos aceptar la tradición siempre y cuando esté en armonía con la enseñanza de las Escrituras. Al profesar fe en el principio formal de la Reforma –sola scriptura- los protestantes no querían descartar la sabiduría del pasado, sino releerla a la luz del prisma del Evangelio.
 
Por ejemplo, en algunos puntos doctrinales los reformadores se aferraron a Agustín mientras que en otros se apartaron de él. ¿Por qué? Porque analizaron sus escritos en base al Evangelio. Ésta es la misión de la erudición protestante contemporánea: examinarlo todo a la luz de la Palabra y retenerlo lo bueno. Los protestantes no podremos andar en una dirección ecuménica mientras se siga poniendo en tela de juicio nuestro lema de fe y conducta: sola scriptura.
 
Conclusión Por las antedichas diez razones no soy ecuménico: el Papa no es la cabeza de los obispos. No creo en la sucesión apostólica. La plenitud de unidad no está en Roma sino en cualquier iglesia donde se predica el Evangelio y se administra los sacramentos. La justificación no es por el bautismo sino únicamente por la fe en Cristo. La conversión de corazón no justifica la negación del Evangelio. La unidad no es más importante que la verdad. Los credos ecuménicos no son suficientes para unirnos en un mutuo entendimiento del Evangelio neotestamentario. María no es quién la Iglesia Católica dice que es. Y, finalmente, la Tradición no debe usurpar el lugar de supremacía que pertenece a las Escrituras.
 

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